Sin
duda la mayoría de nosotros simpatizamos con un dios o con un rey, los que no simpatizan,
ni con uno ni con otro, no se preocupen también pueden seguir leyendo si es que
simpatizan con el cine. De hecho, esta es la base en la premisa del argumento para
la nueva película del director de Blade
Runner, Gladiador y Alien, el octavo pasajero; premisa que
parte con la idea de que en el mundo occidental la mayoría, si no es que todos,
conocen la historia de las Diez Plagas, la salida de Egipto y la Apertura del
Mar Rojo, en el contexto de la vida del personaje bíblico Moisés. Interesante
el término “Reyes” en el título dado que solo en el Faraón se condensan ambos
conceptos, Dios y Rey, no así entre los hebreos quienes tuvieron rey hasta
mucho después del éxodo.
Ridley Scott es un director ecléctico en cuanto a temas
nos referimos, también es sin duda alguna un virtuoso de la cinematografía
colocando en el ideario general del séptimo arte más de una película “de
culto”. Scott sabe contar historias tan claramente que es fácil mantenerlo en
el panorama con alguna de sus obras, a destacar en lo personal: Thelma y Louis, Black Hawk Down, A Good Year
(mi favorita del director) y American
Ganster.
En esta ocasión y con los claros dilemas de los que
parte por lo “manoseado” de la historia, Scott se destaca con un filme duro,
racional y bien realizado. Algunas críticas se clavan mucho en el argumento,
Moisés, Dios y el Faraón, también tienden a compararla con la clásica Los Diez Mandamientos de 1956 del
director De Mille, y hasta con la animación de Dream Works El Príncipe de Egipto. Lo cierto es que supera a ambas con creces aunque
su intención no es contar la historia de Moisés, pues quedaría muy corto, más
bien el tema se centra en la relación entre el Faraón viejo, Moisés y el Faraón
heredero, lo cual resumiría en Relaciones
entre Realeza, Divinidad y un pelado hebreo.
Las actuaciones
medianas a las que nos tiene acostumbrados Bale se ven todavía más opacadas por
la grandilocuencia de la fotografía, los efectos especiales, visuales y
sonoros, y por lo fuerte de la historia, fuerte en el sentido de que es una
historia contada innumerable cantidad de veces y vigente por su significado
intrínseco. Scott nos regala desde la cámara de Dariusz Wolski (El Cuervo, Sweeny Todd, Alicia en el País de
las Maravillas y Piratas del Caribe) una fotografía impresionante; nos
sumerge, en algunas ocasiones literalmente, en el Nilo y sus alrededores con
esa megalomanía faraónica que nos fascina, cabe puntualizar que Scott no está
de acuerdo con la teoría de que Napoleón tumbó la nariz de la Esfinge; y
también le da vida a Nun, Josué y Séfora, entre otros, con su toque dramático y
eufórico.
Moisés y su primo, el futuro faraón Ramsés, son enviados
a una batalla en donde se augura que quien salve la vida del otro será un gran
líder, al retornar de la batalla el Faraón Padre se entera que Moisés es quien
será ese gran líder y, con alguna reminiscencia de Gladiador, le dice que
preferiría que él (Moisés) fuera el siguiente Faraón. Siguiendo la historia
bíblica Moisés, mata a un guardia Egipcio y se desata el drama y la tragedia. Durante
su exilio, Moisés se casa con Séfora y tienen un hijo, Gerson. Dios le habla a
Moisés llamando su atención con una zarza ardiente y en la persona de un
pequeño niño, quien a partir de ahí encarnará al Todopoderoso. Posterior a un manejo lógico de las primeras plagas Moisés le pide a Dios que se aliviane
pero ese niñito visceral no se alinea y termina matando a los primogénitos de
los egipcios. El pueblo hebreo sale de Egipto y después de cruzar el mar en
seco, sin esa escena esperada de que Moisés lo partiera en dos, cada cual,
Moisés y Ramsés, siguen su vida dirigiendo a dos culturas de las cuales solo el
Dios de una prevalecerá para siempre.
Scott nos ha dado una obra maestra que se perderá entre
su filmografía de culto, no caben las interpretaciones previas ni personales de
los hechos bíblicos, sus teofanías quedarán plasmadas en una película mediana
de la que destaca la sinceridad y el escepticismo, su intención de realismo y
su narrativa épica con los elementos grandilocuentes necesarios, dejando muy
por debajo al Noah de Aronofsky y borrando a la pésima Pasión de Cristo de
Gibson por mencionar un par. Esperemos que alguna zarza ardiente o un niño
berrinchudo o Dios mismo le siga hablando a Scott para que le de salida a obras
grandiosas como lo sabe hacer.



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