miércoles, 10 de diciembre de 2014

Éxodo, Dioses y Reyes. De Ridley Scott


Sin duda la mayoría de nosotros simpatizamos con un dios o con un rey, los que no simpatizan, ni con uno ni con otro, no se preocupen también pueden seguir leyendo si es que simpatizan con el cine. De hecho, esta es la base en la premisa del argumento para la nueva película del director de Blade Runner, Gladiador y Alien, el octavo pasajero; premisa que parte con la idea de que en el mundo occidental la mayoría, si no es que todos, conocen la historia de las Diez Plagas, la salida de Egipto y la Apertura del Mar Rojo, en el contexto de la vida del personaje bíblico Moisés. Interesante el término “Reyes” en el título dado que solo en el Faraón se condensan ambos conceptos, Dios y Rey, no así entre los hebreos quienes tuvieron rey hasta mucho después del éxodo.

Ridley Scott es un director ecléctico en cuanto a temas nos referimos, también es sin duda alguna un virtuoso de la cinematografía colocando en el ideario general del séptimo arte más de una película “de culto”. Scott sabe contar historias tan claramente que es fácil mantenerlo en el panorama con alguna de sus obras, a destacar en lo personal: Thelma y Louis, Black Hawk Down, A Good Year (mi favorita del director) y American Ganster.

En esta ocasión y con los claros dilemas de los que parte por lo “manoseado” de la historia, Scott se destaca con un filme duro, racional y bien realizado. Algunas críticas se clavan mucho en el argumento, Moisés, Dios y el Faraón, también tienden a compararla con la clásica Los Diez Mandamientos de 1956 del director De Mille, y hasta con la animación de Dream Works El Príncipe de Egipto. Lo cierto es que supera a ambas con creces aunque su intención no es contar la historia de Moisés, pues quedaría muy corto, más bien el tema se centra en la relación entre el Faraón viejo, Moisés y el Faraón heredero, lo cual resumiría en Relaciones entre Realeza, Divinidad y un pelado hebreo.


   Las actuaciones medianas a las que nos tiene acostumbrados Bale se ven todavía más opacadas por la grandilocuencia de la fotografía, los efectos especiales, visuales y sonoros, y por lo fuerte de la historia, fuerte en el sentido de que es una historia contada innumerable cantidad de veces y vigente por su significado intrínseco. Scott nos regala desde la cámara de Dariusz Wolski (El Cuervo, Sweeny Todd, Alicia en el País de las Maravillas y Piratas del Caribe) una fotografía impresionante; nos sumerge, en algunas ocasiones literalmente, en el Nilo y sus alrededores con esa megalomanía faraónica que nos fascina, cabe puntualizar que Scott no está de acuerdo con la teoría de que Napoleón tumbó la nariz de la Esfinge; y también le da vida a Nun, Josué y Séfora, entre otros, con su toque dramático y eufórico.

Moisés y su primo, el futuro faraón Ramsés, son enviados a una batalla en donde se augura que quien salve la vida del otro será un gran líder, al retornar de la batalla el Faraón Padre se entera que Moisés es quien será ese gran líder y, con alguna reminiscencia de Gladiador, le dice que preferiría que él (Moisés) fuera el siguiente Faraón. Siguiendo la historia bíblica Moisés, mata a un guardia Egipcio y se desata el drama y la tragedia. Durante su exilio, Moisés se casa con Séfora y tienen un hijo, Gerson. Dios le habla a Moisés llamando su atención con una zarza ardiente y en la persona de un pequeño niño, quien a partir de ahí encarnará al Todopoderoso. Posterior a un manejo lógico de las primeras plagas Moisés le pide a Dios que se aliviane pero ese niñito visceral no se alinea y termina matando a los primogénitos de los egipcios. El pueblo hebreo sale de Egipto y después de cruzar el mar en seco, sin esa escena esperada de que Moisés lo partiera en dos, cada cual, Moisés y Ramsés, siguen su vida dirigiendo a dos culturas de las cuales solo el Dios de una prevalecerá para siempre.


Scott nos ha dado una obra maestra que se perderá entre su filmografía de culto, no caben las interpretaciones previas ni personales de los hechos bíblicos, sus teofanías quedarán plasmadas en una película mediana de la que destaca la sinceridad y el escepticismo, su intención de realismo y su narrativa épica con los elementos grandilocuentes necesarios, dejando muy por debajo al Noah de Aronofsky y borrando a la pésima Pasión de Cristo de Gibson por mencionar un par. Esperemos que alguna zarza ardiente o un niño berrinchudo o Dios mismo le siga hablando a Scott para que le de salida a obras grandiosas como lo sabe hacer.


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