Ensayo, México 2014 .
Cuando niño, recuerdo, mi primer
nombramiento oficial en los deberes de la casa fue el de “operador oficial de
la consola” de discos de acetato, algo así como un control remoto viviente. Así
comenzó, por más que suene a una barbaridad, mi melomanía, cambiando discos,
poniendo la aguja en la décima canción del mismo disco por horas y limpiando
los LP´s con una especie de borrador aceitado (su olor sigue en mis neuronas) antes
de regresarlos a su funda. Adoré cuando llegó a casa el primer acetato rojo
semitransparente.
Mi
padre quien fue un bohemio de primera, tenía en su colección desde los
Teen Tops, César Costa y compañía, hasta Los Terrícolas, Los Pasteles Verdes y
¡claro que sí, cómo no! A Chico Che y la Crisis; mi madre compartía la mayoría
de sus gustos y añadía al Príncipe de la Canción José José, Leo Dan, Raphael y
¡también cómo no! Al divo de Juárez Juan Gabriel; de mi primo Mario y mi tía
Malena recuerdo a Gloria Gaynor, a Miami Sound Machine, Emanuel, Yuri y demás
pop mexicano; por mi parte y no sé cómo, me hice de algunos discos del payaso Lagrimita,
Parchís, Timbiriche (muy niños ellos) y la colección completa de Topo Gigio.
Eso fue cuando niño.
Ya
entradito en la “infancia alta” cuasi adolescencia, los gustos fueron mutando
como yo, tres micro-pelitos a los que yo les llamaba “mi chulo mostacho” apenas
se esbozaban en mi redondete rostro y de “no sé dónde” (claro que sí lo sé, de
mis tíos de Santa Anita) me surgió un gusto por El Tri, Iron Maiden, ACDC, The
Doors, por fin Queen y también ¿por qué no? Miguel Ríos, Alaska y Dinarama,
Radio Futura, Soda, entre otros especímenes raros del pop mexicano ¡Rock en tu
Idioma!, Timbiriche iba en el 9º y “Tú y yo somos uno mismo” era la rola de mi
vida. Microchips era ya entonces un gusto culposo.
Por
azares del destino, uno llega a la plenitud de la adolescencia con esa carga
cultural y su debido bagaje musical, ¡Dios me perdone! igual fue el exceso de
hormonas o la falta de lugar en dónde usarlas, pero Pablito Ruíz detonó una
descarga de “simpatía por el diablo” (consumismo musical) con su “wow mamá,
ella me ha besado…” en las profundidades de mi puberta persona que casi me
cuesta la futura melomanía en serio. Lo bueno de esa época, todas tienen algo
bueno, fue que algunos compañeritos de la secun con hermanos mayores influían en
nosotros con Metallica (no sé qué tan bueno fue) Guns and Roses, Aerosmith,
pero fue sin duda la llegada de MTV la que nos puso, a mi generación X, en el
borde del abismo, quiero decir, frente a un televisor lleno de música nueva y
variada.
Llegó
el grunge junto con mis aspiraciones
de pensar en la remota posibilidad del suicidio ¿o fue al revés? Lo cierto es
que Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y compañía plantearon un escenario nunca
antes visto, con sus reminiscencias del punk pero sin ideologías, buenas o
malas, cayeron como anillo al dedo en un jovenazo adolecente, universitario y ceceachero
(por lo de CCH, Sur por cierto) ya con una piocha más que noventera, con aires
revolucionarios y mata larga ¡qué tiempos aquellos los del walkman y el discman!, también y otra vez ¿por qué no? llegó la
nueva Trova Cubana (“nueva” era un decir, surgió en los 70) con Silvio
Rodríguez, Pablo Milanés, Amaury Pérez y más local pero del estilo, Óscar Chávez
¡Úrsula cien años, soledad Macondo…! ¡Qué tiempos aquellos de la huelga, de la
grilla, de las marchas, de la ciudad gris y monstruosa! Radiohead, Björk y U2
se cocían aparte.
Fue
en esos tiempos de bachiller rojillo que se dejaban oír en todos lados los
Tacubos, la Maldita, los Caifanes, Fobia, la Cuca, la Sekta Core, la Lupita,
los Estrambóticos, la Gusana Ciega, los Cadillacs, Mano negra, Control Machete,
los Héroes del Silencio, Resorte, Plastilina Mosh, Genitallica, Zurdok, y un
largo, largo etcétera. Fue en esos tiempos precisamente cuando la música
llamada Clásica, música de tradición culta, música docta, entró fuerte en mis oídos
y se alojó todavía más fuerte en mi cabeza, ahí en algún día de algún invierno
noventero, la música y sus musas poseyeron mis sentidos.
El
Jazz llegó a mí, seguramente ya lo había escuchado, por alguna de las
siguientes tres teorías, la primera se basa en la leyenda urbana de que Tom y
Jerry, Bugs Bunny y la demás banda animada era una especie de Caballo de Troya
para que la música Yankie dominara el mundo y siendo yo un crío espécimen del Hommo videns, fui alcanzado por esa
maquinaría mundial gringa. La segunda teoría va de que también en algún periodo
de mi vida previo al nuevo siglo (el veintiuno), mi abuela Lucha quien, de cuando
en cuando, degustaba escandalosa y atípicamente de igual forma a Ray Conniff
que a Santana, haya pedido mis afamados servicios de “operador de consolas” y
con la operación de repetición o reproducción aleatoria que había innovado (qué
iTunes ni qué nada) se me quedó pegado el género. La tercera y la más apoyada
por la ciencia es que una amiguilla por ahí con pretensiones de cultura,
bailarina de ballet, hippie y “frezapatista” me compartió en algún momento la
música de Miles Davis.
Seguramente
el mundo nunca lo sabrá pero hoy por hoy a mis treinta y tantos el Jazz y el
Clásico (ya quedamos, música docta y esas cosas) son medios que la Música
utiliza para embelesarme, por supuesto que hay más géneros y subgéneros del
Rock que me llegan, el Progresivo por ejemplo, el Post Rock (lo que sea que eso
signifique), el Folk, el Indie como hijo junior del Alternativo. Nombres dignos
de mencionar en esta etapa de mi vida en la que prefiero referirme a géneros
serían Radiohead que permanece, Foo Figthers, Sigur Ros, Porcupine Tree, Steven
Wilson, Ólafur Arnalds, Mono y ya con esos.
Ya
no hay necesidad de explotar a menores para darle play a la música, ya tenemos artefactos y artilugios tan
especializados para ello, en los que las aplicaciones como Spotify y Youtube
nos ponen la música del mundo al alcance, tenemos a Siri y Shazam para conocer
lo que escuchamos y a itunes para descargarlo de inmediato, incluso hay más y
mejor oferta de conciertos y presentaciones por lo menos acá en la Capirucha, festivales
por doquier y “n” número de canales musicales. Lo cierto es que ya sea solitario
o acompañado, con audífonos o en algún aparato de sonido ambiente, no hay nada
como cerrar los ojos y dejar a María Callas que te transporte a otras
dimensiones o permitir que Satie y su piano impresionista te disuelvan en sus
notas o abandonarte en la guitarra de Joaquín Rodrigo, no hay nada como sufrir
los solos de Porcupine Tree o dibujar en el aire los de Santana, la música es
un lenguaje que si no universal sí transversal y eso la hace el Arte más noble.
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