miércoles, 3 de diciembre de 2014

Magia a la luz de la luna, de Woody Allen


 Todos, alguna vez, hemos sido impresionados por algún mago, con actos de escapismo, desapareciendo monumentos históricos, incluso con levitaciones o hasta con un simple truco de cartas. Woody Allen es un mago. Más allá del genio cinematográfico Allen es todo un mago, un cineasta que a lo largo de más de cuarenta años ha acumulado trucos y ha generado una mística propia alrededor de sus filmes.

No hay secretos, ni cánones a los que obedezca la constancia de Allen como escritor y director, sus temas son variados, sus actores diversos y sus películas vigentes que por igual directores consagrados o novatos admiran y respetan su trabajo. También es cierto que el cine de Woody no es apreciado ni buscado por el público como el de otros directores, pero de ninguna manera resta genialidad y mucho menos calidad a su obra.

Magia a la luz de la luna es muestra de persistencia en su estilo. El tema de la película no gira en torno a la magia, Allen es el peor de los creyentes en la magia, más bien se centra desde la perspectiva del Allen escritor, en el engaño, desde la primera secuencia y hasta la última se presentan las artes del engaño con una característica de la filmografía de Woody, la excelencia; Woody Allen no es una marca registrada ni una industria a parte en el mundo del cine, es un creador que ha generado la excelencia en sus guiones y en la manera de dirigir sus producciones. Es precisamente su manera de contar una historia, al fin y al cabo el cine se centra en contar historias, lo que ha generado un sello o estilo atractivo y de una excelencia significativa. Magia a la luz de la luna es eso, el arte del engaño llevado con excelencia.


De los estilos más criticados en el cine, el de Allen es sin guardar las debidas proporciones, el más. Nuestro cineasta ya entrado en años es un sobreviviente de aquella generación de directores que deja los temas épicos y megalómanos con los que nació Hollywood y pasa a lo cotidiano, a relatar la vida de los mortales seres habitantes de este planeta mundano y diabólico, de ahí que sus acérrimos críticos lo tachen de ser un director lleno de clichés y temas recurrentes, siendo sinceros de alguna forma lo es, solo que no en ese sentido. El cineasta neoyorquino nos ha heredado grandes obras cinematográficas, también películas buenas, otras medianamente buenas, pero nunca malas películas; la mística creada por su obsesión en lo bien realizado ha dotado a artistas, actores, fotógrafos y demás, de una influencia poderosa en sus carreras individuales siendo esto otro componente en el estilo de nuestro mago de la cinematografía.

Ambientada y más que ambientada, enmarcada en la Francia de aquellos años veinte del siglo pasado, Allen nos dibuja el perfil del escéptico decimonónico peleado con la vida, nuevamente la amargura y la obsesión por el realismo acentuadas por la alta cultura hacen mofa de lo irreal y de lo simple, un mago de profesión es invitado por un colega a desenmascarar a una espiritista que pretende aprovecharse de la ignorancia de una familia adinerada, después de ser engañado también por la confabulación del amigo y la supuesta espiritista y con el omnipresente engaño, nuestro mago de reconocimiento internacional a la par de que se enamora también descubre la treta y regresa a su pesimismo habitual no sin antes pasar por algunas mini aventuras y llegar a su desenlace.

Con una fotografía casi inmejorable de Darius Khondji (Amour, Seven, Delicatessen, etc.), con un diseño de arte de la genial Anne Seibel (Marie Antoniette, Munich, Midnigth in Paris, etc.), con unas actuaciones de lo más decentes de Colin Firth y la in crecendo Emma Stone, el gran mago Woody Allen nos aprisiona en su mente mostrándonos la clase de artilugios que aun tiene en la chistera para seguir aportando a la cinematografía mundial este arte que hoy por hoy se encuentra lleno de directores, buenos y malos, pero con un solo Woody Allen que se resiste al tiempo y que seguramente su último gran acto será la inmortalidad.


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