Sin duda estamos acostumbrados a
que el estilo de Tarantino nos lleva del drama a la comedia en un segundo y de
regreso, una y otra vez, por supuesto con su dosis de “violencia innecesaria”, El Águila que no cae, su nueva película,
no es la excepción, desde el tema políticamente incorrecto, el guión y el casting hasta el retrato de un
Cuauhtémoc con su esquizofrénica sed de venganza, Tarantino nos regala una obra
maestra a la cual la academia ha nominado solamente en la categoría de mejor
banda sonora.
Situada en el ocaso de la cultura
mexica, a un año de la caída de Tenochtitlán cuando Cuauhtémoc, interpretado
por Johnny Depp, es nombrado Tlatoani en un contexto de desolación, El Águila que no cae nos transporta a la
ola de violencia e intolerancia que trajo la conquista del México prehispánico
y nos mete a la cosmovisión de su último líder militar y religioso, el cual
tiene como único objetivo la venganza y la resistencia por la ocupación
española. Depp haciendo uso de sus grandilocuentes capacidades de actuación y
con una caracterización digna de un premio, nos esboza la personalidad culta,
mística y hasta a veces tierna del personaje que Tarantino construyó de manera
cuasi perfecta con la ayuda de renombrados historiadores mexicanos y
extranjeros, como son los polémicos Enrique Krauze y Lorenzo Meyer, entre
otros.
Tarantino establece, nuevamente,
una reivindicación del vencido, dando giros inesperadamente esperados en la
historia y sucumbiendo a su peculiar manera de establecer una vendetta ficticia
la cual hace que más de uno en la sala de cine aplauda, gima, o asienta en
alguna forma. Otra de las virtudes de la cinta es el provecho que saca en la
fotografía, ejemplo de ello es cuando ubicado entre los volcanes, Cortés en su
caballo negro con los ojos exageradamente abiertos mira y admira el Valle de
México, o cuando en un momento del romance entre Cuauhtémoc y Malintzin, durante
la noche, se esconde la luna entre las nubes y un manto de luciérnagas brota y
los envuelve.
La música es “el elemento” de la
película, el maridaje perfecto, con participaciones originales de Ennio
Morricone, el Huapango de Moncayo al estilo de Clint Mansell, el auto-cover de Los dioses ocultos de los Caifanes en la mencionada secuencia
semiromántica entre los protagonistas, la delirante Simpatía por el diablo, el Cantus
in Memoriam Benjamin Britten de Arvo Pärt, la hipnótica Gimnopedia No. 1 de
Erik Satie, entre otros; la música ofrece la intensificación de las emociones
como lo hace generalmente Tarantino, en el momento preciso, lo que le ha valido
su única nominación.
Otro gran acierto es el reparto,
cosa que hasta ahora no se le complica a Tarantino. Aquí cabe mencionar que el
director no se detuvo a imaginar diálogos en español o incluso en náhuatl, es
una realidad que a los cinco minutos de comenzada la cinta esa esperanza se va
y no regresa. Ya mencionamos al Cuauhtémoc de Depp; Ana Claudia Talancón como
Malintzin, Christoph Waltz como un atormentado Hernán Cortés; al poderoso
Cuitláhuac le da vida Javier Bardem; como un viejo y violento Moctezuma,
Joaquín Cosío; Daniel Jiménez Cacho es Pedro de Alvarado y en papeles
secundarios vemos casi equitativamente mexicanos y gringos, sin faltar el mismo
Quentin en un breve y peculiar papel.
La película es una genialidad más
del director de Pulp Fiction, la
recreación de Tenochtitlán desde diferentes planos, el diseño de arte que todo
el tiempo mantiene la atmosfera prehispánica, el vestuario, el guión del que cabe
destacar la secuencia durante una noche lluviosa en medio de una cena entre
aztecas y españoles en donde Moctezuma es humillado por Alvarado mientras una
serie de diálogos gira alrededor del grande y famoso penacho de plumas de
quetzal, al cual según el guión, Moctezuma desprecia por la falta de ornamentos
de oro y al intentar obsequiarlo a Alvarado éste lo asesina dejando caer una
roca sobre su cabeza, todo esto envuelto en el frenesí de la cámara giratoria y
la música de Morricone.
Cualquier espectador no mexicano
agradece una película así, en donde todo es impecable, pero el espectador
mexicano no solo lo agradece, también se enciende y comparte la cólera de
Cuauhtémoc quien da nombre a la película, el último líder mexica, el vengador,
el ícono de la resistencia, el que según la película es un hombre de honor,
profundo, sabio, astuto y quien no solo busca la muerte de Cortés para golpear
al ejército español sino también por recuperar a Malintzin, el que con la luna
llena y en medio de las jacarandas le dice a su amada: “…aquí siempre existirá el testimonio de nosotros, nadie borrará lo que
somos, no podrán olvidar que los hijos de Quetzalcóatl le dieron paz a esta
tierra, sangre a los dioses y grandeza a Tenochtitlán…”, el mismo
Cuauhtémoc que en la secuencia final saca el corazón de Cortés y lo ofrece en
la cima del Templo Mayor con una horda de españoles y tlaxcaltecas subiendo las
escalinatas para asesinarlo mientras Erik Satie cubre con su Gimnopedia No. 1
la cámara lenta hasta el comienzo de los créditos.


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