miércoles, 21 de enero de 2015

Águila que no cae, de Quentin Tarantino

Sin duda estamos acostumbrados a que el estilo de Tarantino nos lleva del drama a la comedia en un segundo y de regreso, una y otra vez, por supuesto con su dosis de “violencia innecesaria”, El Águila que no cae, su nueva película, no es la excepción, desde el tema políticamente incorrecto, el guión y el casting hasta el retrato de un Cuauhtémoc con su esquizofrénica sed de venganza, Tarantino nos regala una obra maestra a la cual la academia ha nominado solamente en la categoría de mejor banda sonora.

   Situada en el ocaso de la cultura mexica, a un año de la caída de Tenochtitlán cuando Cuauhtémoc, interpretado por Johnny Depp, es nombrado Tlatoani en un contexto de desolación, El Águila que no cae nos transporta a la ola de violencia e intolerancia que trajo la conquista del México prehispánico y nos mete a la cosmovisión de su último líder militar y religioso, el cual tiene como único objetivo la venganza y la resistencia por la ocupación española. Depp haciendo uso de sus grandilocuentes capacidades de actuación y con una caracterización digna de un premio, nos esboza la personalidad culta, mística y hasta a veces tierna del personaje que Tarantino construyó de manera cuasi perfecta con la ayuda de renombrados historiadores mexicanos y extranjeros, como son los polémicos Enrique Krauze y Lorenzo Meyer, entre otros.

   Tarantino establece, nuevamente, una reivindicación del vencido, dando giros inesperadamente esperados en la historia y sucumbiendo a su peculiar manera de establecer una vendetta ficticia la cual hace que más de uno en la sala de cine aplauda, gima, o asienta en alguna forma. Otra de las virtudes de la cinta es el provecho que saca en la fotografía, ejemplo de ello es cuando ubicado entre los volcanes, Cortés en su caballo negro con los ojos exageradamente abiertos mira y admira el Valle de México, o cuando en un momento del romance entre Cuauhtémoc y Malintzin, durante la noche, se esconde la luna entre las nubes y un manto de luciérnagas brota y los envuelve.

   La música es “el elemento” de la película, el maridaje perfecto, con participaciones originales de Ennio Morricone, el Huapango de Moncayo al estilo de Clint Mansell, el auto-cover de Los dioses ocultos de los Caifanes en la mencionada secuencia semiromántica entre los protagonistas, la delirante Simpatía por el diablo, el Cantus in Memoriam Benjamin Britten de Arvo Pärt, la hipnótica Gimnopedia No. 1 de Erik Satie, entre otros; la música ofrece la intensificación de las emociones como lo hace generalmente Tarantino, en el momento preciso, lo que le ha valido su única nominación.

   Otro gran acierto es el reparto, cosa que hasta ahora no se le complica a Tarantino. Aquí cabe mencionar que el director no se detuvo a imaginar diálogos en español o incluso en náhuatl, es una realidad que a los cinco minutos de comenzada la cinta esa esperanza se va y no regresa. Ya mencionamos al Cuauhtémoc de Depp; Ana Claudia Talancón como Malintzin, Christoph Waltz como un atormentado Hernán Cortés; al poderoso Cuitláhuac le da vida Javier Bardem; como un viejo y violento Moctezuma, Joaquín Cosío; Daniel Jiménez Cacho es Pedro de Alvarado y en papeles secundarios vemos casi equitativamente mexicanos y gringos, sin faltar el mismo Quentin en un breve y peculiar papel.

    La película es una genialidad más del director de Pulp Fiction, la recreación de Tenochtitlán desde diferentes planos, el diseño de arte que todo el tiempo mantiene la atmosfera prehispánica, el vestuario, el guión del que cabe destacar la secuencia durante una noche lluviosa en medio de una cena entre aztecas y españoles en donde Moctezuma es humillado por Alvarado mientras una serie de diálogos gira alrededor del grande y famoso penacho de plumas de quetzal, al cual según el guión, Moctezuma desprecia por la falta de ornamentos de oro y al intentar obsequiarlo a Alvarado éste lo asesina dejando caer una roca sobre su cabeza, todo esto envuelto en el frenesí de la cámara giratoria y la música de Morricone.


   Cualquier espectador no mexicano agradece una película así, en donde todo es impecable, pero el espectador mexicano no solo lo agradece, también se enciende y comparte la cólera de Cuauhtémoc quien da nombre a la película, el último líder mexica, el vengador, el ícono de la resistencia, el que según la película es un hombre de honor, profundo, sabio, astuto y quien no solo busca la muerte de Cortés para golpear al ejército español sino también por recuperar a Malintzin, el que con la luna llena y en medio de las jacarandas le dice a su amada: “…aquí siempre existirá el testimonio de nosotros, nadie borrará lo que somos, no podrán olvidar que los hijos de Quetzalcóatl le dieron paz a esta tierra, sangre a los dioses y grandeza a Tenochtitlán…”, el mismo Cuauhtémoc que en la secuencia final saca el corazón de Cortés y lo ofrece en la cima del Templo Mayor con una horda de españoles y tlaxcaltecas subiendo las escalinatas para asesinarlo mientras Erik Satie cubre con su Gimnopedia No. 1 la cámara lenta hasta el comienzo de los créditos.

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