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martes, 3 de marzo de 2015

Whiplash, ¿aceleras o arrastras?



Hace unos días platicaba con unos amigos acerca de las situaciones que se pueden presentar entre las groserías y los groseros, alguien aseveró que nada justifica ser grosero y que en ningún caso se pueden aceptar las groserías, me costó un poco aceptar tal sentencia más bien por cuestiones semánticas, grosería, grosero, son más que palabras, son conceptos más complejos y dignos de analizar, para concluir con el tema en aquella tertulia tan plural, cabe señalar que estoy de acuerdo con la aseveración en comento, solo puntualicé que existen personas las cuales por su estilo de hablar, de gesticular y su actitud en general sin llegar a ser groseros pueden generar en los interlocutores cierta reticencia, pero que sin duda es en estos interlocutores en sus dinámicas mentales y de personalidad, cuando se asume que alguien ha sido grosero con ellos, en algunos casos sin que esto sea real. Es un proceso de comunicación tan accidentado e influido por agentes externos que los malos entendidos proliferan y las relaciones se quiebran fácilmente. Dejemos esto.

   Obsesión por la excelencia es la premisa de Whiplash, los métodos se justifican en el objetivo; existen historias, ya sean películas u obras literarias, que tienen como intención buscar dentro del ser humano la bondad, el amor, la virtud en general y exaltar esas características con tendencias moralinas y con formulas éticas socialmente correctas, Whiplash no es ninguna de estas. Al único estilo militar de gritos, insultos e intimidaciones la película muestra la obsesión activa de un maestro de Jazz (qué mayor obsesión puede existir) por lograr la perfección en la ejecución y muestra también la obsesión pasiva de un músico baterista que recibe las embestidas del maestro en el afán de ejecutar con perfección.

   El ritmo vertiginoso de Whiplash es un recurso cinematográfico que pocos pueden domar, es como un caballo salvaje de chula melena o como un ejercito alejandrino en una batalla clásica. La película ha sido nominada y ganadora de innumerables premios alrededor del mundo, criticada positiva y negativamente, la virtud es que no pasa desapercibida, tan es así que se llevó tres estatuillas Óscar, mejor sonido, mejor montaje y mejor actor de reparto, es además una buena historia llena de diálogos precisos en el momento adecuado, aunque su principal guión es la música, ¡ah, bendita música! Las actuaciones no son medianas, actuar de baterista y que te salga bien es un acierto por sí solo, ni qué decir de J.K. Simmons, nació para el papel. El sonido es excelentemente acabado, la fotografía sin énfasis es decente y la dirección cinematográfica con tomas exactas aporta el elemento de genialidad.

   Un estudiante de música, baterista, es elegido para formar parte en la Banda del conservatorio donde estudia, desde el primer encuentro con el maestro y director de la Banda es asediado, vituperado y presionado por este, solo que interioriza diferente esa forma de ser tratado y lo canaliza a mejorar su ejecución del instrumento, situación que lo lleva a generar su propia obsesión con la música. El maestro encuentra un sinfín de maneras en las cuales presionar a su alumno, desde "picarlo" con otro baterista, hasta amenazar con separarlo de la banda, gritar e insultar es cotidiano. Un accidente de auto, muy bien logrado por cierto, llega a aclarar la situación de violencia en la que está metido el chamaco y decide ponerle fin por lo menos momentáneamente, lo expulsan de conservatorio por agredir al maestro y en un acto de vendetta aporta información para que este también sea expulsado. El destino los une en un bar en donde el maestro toca el piano acompañando al ensamble de casa, se toman unas copas e invita a su exalumno a tocar con una banda que armó y que entrará a un concurso. El final es épico y de proporciones legendarias.

   La violencia deja de ser negativa en cuanto no atente contra nuestra integridad física y psicológica, generalmente nos gusta maquillarla con palabras como revolución o ajustes, la obsesión y la violencia son elementos que Whiplash utiliza para regalarnos la perfección y la virtud, esto queda patente en, no puedo dejar de mencionarlo, una frase que le hace el maestro a los miembros de la banda antes de tocar en un concurso, palabras más palabras menos: — Los jueces vienen a ver a los mejores músicos de Nueva York o lo que es lo mismo, a los mejores músicos del mundo, toquen como tales y no como niñitas asustadas —. Esperemos que el director de tan grande película, Damien Chazelle, vuelva pronto con otra obra de estas proporciones.


martes, 24 de febrero de 2015

Birdman o la inesperada inspiración del señor González


La nostalgia de glorias pasadas, de repente, se yergue como algún estimulo, como un incentivo o, de plano, como un demonio que atormenta. Birdman es más que eso pero no deja de reventar en la cara del cine mexicano esa reminiscencia de la época en la que se hacía buen cine en el Ombligo de la Luna y por la cual, según el grado de esquizofrenia, sigue siendo un referente muy fuerte para volver a catalogar al cine de nuestro país en su conjunto como Cine Mexicano.

                Primero sería bueno hablar de la magnífica película que Alejandro G. Iñárritu ha logrado, de ese esplendido filme del cineasta chilango otrora locutor de radio, con el que conquistó la cumbre más grande de la cinematografía occidental. La película es impecable en sus elementos, yo en lo particular siempre agradezco y pondero la edición de sonido y la banda sonora que ambas en este caso se volaron la barda, el guión es elocuente sin ser genial, la fotografía es de la calidad ya acostumbrada por Lubeski, pero el acento, la gran cohesión de todos esos elementos creo que se da en las actuaciones, no hubo uno mejor, sí con más tiempo ante la cámara pero la intensidad de las actuaciones le imprimió a la peli una atmosfera de virtuosismo que se aprecia de principio a fin. El tema tiene la fuerza que solo puede tener una emoción humana, el miedo; ese miedo que nos hace sobrevivir en los momentos más potentes. Birdman es la historia de un hombre con miedo, es una historia impecable, sincera y virtuosamente contada y es la mejor película en un año que para los mexicanos es el peor año de nuestra película.

                Ahora, en cuanto a Alejandro, Amores Perros ya lo perfilaba como un grande de la dirección, 21 gramos refrendaba esa premisa, pero Babel y Biutiful nos mostraron a un bullente creador en espera de una idea con la que pudiera explotar, la obtuvo, la obtuvo lejos de casa, en Birdman por más esfuerzos que hizo, el sonidito de los tamales oaxaqueños entre otros, lo mexicano está ausente, por más que la fotografía y otros elementos omnipresentes tuvieran la mano creadora de un mexicano, no muestran la mexicanidad y qué bueno. El señor González está ya acostumbrado a los premios, cantidad y calidad de premios se ha llevado alrededor del mundo, merecidos por su enorme talento, dirigir una película es de complejidades estratosféricas.


                Un actor famoso por haber hecho el papel de Birdman, mi superhéroe favorito de antaño, está preparando una puesta en escena mientras es atormentado por su alter ego enmascarado, con metáforas de súper-poderes y súper-alucines la historia transcurre dentro de un teatro de Brodway en el que nuestro protagonista también dirige la obra, después de deshacerse de un mal actor se integra al equipo uno nuevo que pone de cabeza todo pero quien logra despertar de su letargo a Riggan, nuestro Birdman. Las relaciones personales al interior de esquipo que incluye parejas sentimentales, ex esposas, e hijas, se viven de manera muy intensa en las que Riggan debe mantener la calma para no sucumbir ante el miedo al fracaso; sucumbe, despavorido agarra una parranda, vuela, camina desnudo por Times Square, se dispara en la nariz en pleno estreno, en fin. Aunque el guión pareciera un circunloquio, el vigor con el que se enmarca la historia principal logra matizar y complementarlo.


                No conforme con lograr la realización de una de las mejores películas de principios de siglo, el señor González, ese chilango prieto y pretensioso, se tomó la osadía de dedicarnos el premio a los mexicanos que seguimos en el país, dedicación con su debida crítica al muy maleta actual gobierno. ¡Cuán desgraciado es ser parte de ese pueblo en desgracia! Y ¡Qué dichoso debe ser el ganar un premio y acordarse de sus desgraciados paisanos! Por qué no brindar el premio a su mujer y a dormir. No, a este genio de la cinematografía se le antojó levantar ámpula y ojalá eso haya sido un reto para que todos los González, prietos y pretenciosos de la ciudad y del país no nos dejemos amedrentar por la mediocridad que se levanta omnipotente y que la sombra de sus alas aun nos cubre como mexicanos.