Hace unos días platicaba con unos
amigos acerca de las situaciones que se pueden presentar entre las groserías y
los groseros, alguien aseveró que nada justifica ser grosero y que en ningún caso
se pueden aceptar las groserías, me costó un poco aceptar tal sentencia más
bien por cuestiones semánticas, grosería, grosero, son más que palabras, son
conceptos más complejos y dignos de analizar, para concluir con el tema en
aquella tertulia tan plural, cabe señalar que estoy de acuerdo con la
aseveración en comento, solo puntualicé que existen personas las cuales por su
estilo de hablar, de gesticular y su actitud en general sin llegar a ser
groseros pueden generar en los interlocutores cierta reticencia, pero que sin
duda es en estos interlocutores en sus dinámicas mentales y de personalidad,
cuando se asume que alguien ha sido grosero con ellos, en algunos casos sin que
esto sea real. Es un proceso de comunicación tan accidentado e influido por
agentes externos que los malos entendidos proliferan y las relaciones se
quiebran fácilmente. Dejemos esto.
Obsesión
por la excelencia es la premisa de Whiplash, los métodos se justifican en el objetivo;
existen historias, ya sean películas u obras literarias, que tienen como
intención buscar dentro del ser humano la bondad, el amor, la virtud en general
y exaltar esas características con tendencias moralinas y con formulas éticas
socialmente correctas, Whiplash no es ninguna de estas. Al único estilo militar
de gritos, insultos e intimidaciones la película muestra la obsesión activa de
un maestro de Jazz (qué mayor obsesión puede existir) por lograr la perfección
en la ejecución y muestra también la obsesión pasiva de un músico baterista que
recibe las embestidas del maestro en el afán de ejecutar con perfección.
El
ritmo vertiginoso de Whiplash es un recurso cinematográfico que pocos pueden
domar, es como un caballo salvaje de chula melena o como un ejercito
alejandrino en una batalla clásica. La película ha sido nominada y ganadora de innumerables
premios alrededor del mundo, criticada positiva y negativamente, la virtud es
que no pasa desapercibida, tan es así que se llevó tres estatuillas Óscar,
mejor sonido, mejor montaje y mejor actor de reparto, es además una buena
historia llena de diálogos precisos en el momento adecuado, aunque su principal
guión es la música, ¡ah, bendita música! Las actuaciones no son medianas,
actuar de baterista y que te salga bien es un acierto por sí solo, ni qué decir
de J.K. Simmons, nació para el papel. El sonido es excelentemente acabado, la
fotografía sin énfasis es decente y la dirección cinematográfica con tomas
exactas aporta el elemento de genialidad.
Un
estudiante de música, baterista, es elegido para formar parte en la Banda del conservatorio
donde estudia, desde el primer encuentro con el maestro y director de la Banda
es asediado, vituperado y presionado por este, solo que interioriza diferente
esa forma de ser tratado y lo canaliza a mejorar su ejecución del instrumento,
situación que lo lleva a generar su propia obsesión con la música. El maestro
encuentra un sinfín de maneras en las cuales presionar a su alumno, desde "picarlo" con otro baterista, hasta amenazar con separarlo de la banda, gritar e
insultar es cotidiano. Un accidente de auto, muy bien logrado por cierto, llega
a aclarar la situación de violencia en la que está metido el chamaco y decide
ponerle fin por lo menos momentáneamente, lo expulsan de conservatorio por
agredir al maestro y en un acto de vendetta aporta información para que este también
sea expulsado. El destino los une en un bar en donde el maestro toca el piano
acompañando al ensamble de casa, se toman unas copas e invita a su exalumno a
tocar con una banda que armó y que entrará a un concurso. El final es épico y
de proporciones legendarias.
La
violencia deja de ser negativa en cuanto no atente contra nuestra integridad
física y psicológica, generalmente nos gusta maquillarla con palabras como revolución o ajustes, la obsesión y la violencia son elementos que Whiplash
utiliza para regalarnos la perfección y la virtud, esto queda patente en, no puedo
dejar de mencionarlo, una frase que le hace el maestro a los miembros de la
banda antes de tocar en un concurso, palabras más palabras menos: — Los jueces
vienen a ver a los mejores músicos de Nueva York o lo que es lo mismo, a los
mejores músicos del mundo, toquen como tales y no como niñitas asustadas —. Esperemos
que el director de tan grande película, Damien Chazelle, vuelva pronto con otra
obra de estas proporciones.


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